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Postales urbanas
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Postales urbanas

de Susana Reyes | T4.E73

Según datos de Banco Mundial acerca de la urbanización en Centroamérica, esta es la segunda región de más rápida urbanización en el mundo. Avanza a tasas sin precedentes y sus ciudades se están convirtiendo en el lugar donde los desafíos y las oportunidades se concentran cada vez más. Dentro de la próxima generación, 7 de cada 10 centroamericanos vivirán en ciudades. De hecho, las ciudades secundarias de esta región han crecido significativamente durante la última década y representan, hoy en día, cerca de dos tercios de todo el incremento de la población urbana en los últimos años.

Centroamérica ha evolucionado de una sociedad agroforestal a urbanizarse de una manera frenética. Y esta evolución, definitivamente, ha ahondado las brechas entre el contexto rural, cada vez más precario, y el urbano, cada vez más saturado y con brechas sociales casi insalvables. Leemos narrativas de desigualdad si eres joven que vive en el área rural; aparte del precario acceso a servicios básicos esenciales como agua, energía, internet o simplemente carreteras o vías transitables, algunas tradiciones y prácticas culturales son como una pesada losa, asignando roles a conveniencia de una sociedad anclada en valores machistas; y la narrativa se vuelve devastadora en este contexto rural si eres indígena y mujer. Y aunque la realidad social rural es un contexto de limitaciones, hay cierta homogeneidad entre los diferentes estratos pues se ven afectados por las condiciones precarias de sus servicios públicos. Y el grado de humanidad sigue siendo latente por la solidaridad de sus pobladores ante situaciones desfavorables que afecta el bien común.

Algo muy diferente en un contexto urbano. En las ciudades centroamericanas se patentiza una brecha de desigualdad tan visible como dolorosa; lujosos edificios y ostentosas residencias se levantan al lado de barriadas precarias o asentamientos improvisados. Calles impolutas de zonas acomodadas conviven con otras sin ser atendidas que son hogar de desposeídos: así se evidencia cotidianamente en Centroamérica la reinante desigualdad social, una de las más acentuadas del mundo. En el siglo XXI, las ciudades centroamericanas no sólo concentran las oportunidades de empleo y la actividad económica sino también los principales retos para el desarrollo de la región –la falta de inclusión social, la vulnerabilidad a los desastres naturales y la falta de oportunidades económicas y de competitividad– así como las oportunidades para enfrentarlos. Seguramente los gobiernos municipales y nacionales intentan hacer su mejor esfuerzo, afrontando los desafíos más apremiantes mediante mejores políticas públicas que promuevan ciudades más inclusivas, resilientes y competitivas, sin embargo, el actual enfoque de desarrollo se basa en modelos en los que prima el consumo y factores económicos frente a otros elementos centrados en el desarrollo humano. Muy pocos, por no decir ningún actor político tomador de decisiones, se está preocupando por el impacto que, en el florecimiento citadino en los países del istmo, está teniendo la pérdida de identidad de las ciudades.

En definitiva, las ciudades centroamericanas son urbes deshumanizadas en las que sus calles están diseñadas para el flujo vehicular rápido, carentes de aceras dignas, ciclovías o pasos peatonales seguros; ciudades sustentadas en la arquitectura del miedo: el urbanismo defensivo (rejas, garitas, muros) destruye la cohesión social y privatiza el espacio que debería ser público. Y el déficit de parques públicos y zonas de recreación gratuitas limita las interacciones humanas y afecta la salud mental de la población. Todas las ciudades centroamericanas son el reflejo de una velada segregación socioeconómica: se dividen marcadamente entre zonas de alta plusvalía hiper vigiladas y asentamientos informales marginados que carecen de servicios básicos como agua potable constante, energía eléctrica estable y saneamiento funcional.

El desarrollo de las ciudades centroamericanas se debate entre el neourbanismo, esto es una corriente de diseño y planificación de ciudades que busca crear comunidades de usos mixtos, transitables a pie y autosuficientes, inspiradas en los modelos tradicionales de ciudades del pasado y que más parecen decorados cinematográficos, como Cayalá en Guatemala, Escazú en San José de Costa Rica o el incipiente Valle El Ángel en San Salvador, por mencionar algunos ejemplos. Y el fenómeno, conocido como urbanalización, que está transformando los centros urbanos en espacios globalizados, despojados de identidad y dominados por el consumo masivo. El término, acuñado por el geógrafo Francesc Muñoz, describe la tendencia de las ciudades a parecerse entre sí debido a la expansión de las grandes marcas, el turismo masivo y la homogeneización arquitectónica. La urbanalización no solo afecta la estética, sino también el sentido de pertenencia y la memoria colectiva de los habitantes.

Ciudades con siglos de historia, donde antes abundaban comercios locales, tortillerías, librerías, ventas de pan o cafés tradicionales, hoy se ven dominadas por las mismas franquicias internacionales que operan en cualquier metrópoli del planeta. Sus calles ilustran cómo la lógica del mercado global reemplazó la diversidad por una estética uniforme. Las plantas bajas de los edificios, que antes reflejaban la vida cotidiana de cada barrio, se han convertido en vitrinas idénticas donde las grandes cadenas imponen su diseño interior. La urbanización ha generado una pérdida de la identidad local. En lugar de reflejar las particularidades culturales de cada ciudad, los centros se convierten en espacios neutros, pensados para el turismo rápido y el consumo instantáneo. Lo que antes eran puntos de encuentro comunitarios, hoy son zonas de tránsito con fachadas fotogénicas pero vacías de historia. Más allá de lo visual, la urbanalización también afecta el vínculo emocional con el entorno. Cuando un barrio pierde sus símbolos y espacios propios, los ciudadanos dejan de sentirse parte de él. El resultado es un desarraigo silencioso: la gente habita la ciudad, pero ya no la vive.

Y en Centroamérica, este proceso avanza con fuerza. Los comercios tradicionales ceden terreno a cafeterías de cadena y tiendas internacionales. En muchos casos, los gobiernos priorizan la rentabilidad turística sobre la conservación cultural, acelerando la pérdida de identidad. Y como siempre, encontramos, en la literatura, una oportunidad de reflexionar sobre cómo las ciudades están mutando y que, de forma silenciosa, nos convierten, sin darnos cuenta, en una sociedad deshumanizada, envuelta en una cotidianidad que fagocita la propia esencia de la convivencia. Y lo haremos con la voz intensa de una poeta salvadoreña, que irrumpe en el escenario urbano de San Salvador, pero que podría adecuarse a cualquier urbe de Centroamérica. Ella vive, come y bebe la ciudad. Ella, desde su quehacer de poeta, nos ofrece una mirada urbana, íntima y contemplativa. Nos hace reflexionar sobre cómo la ciudad funciona como un espacio de memoria, pérdida y reconstrucción personal mientras recorremos el centro histórico de San Salvador.

Esta poeta es la escritora salvadoreña Susana Reyes y hoy, en centroamérica entre líneas, transitaremos por su poemario Postales urbanas.

La poeta salvadoreña Susana Reyes camina el centro histórico de San Salvador con la mirada de quien observa y, a la vez, pertenece. Sus poemas —acompañados por las fotografías del investigador cultural Dylan Magaña— trazan un mapa de calles íntimas, fachadas descascaradas y presencias invisibles que respiran entre el ruido del tráfico y la humedad de la madrugada. Aquí la ciudad es cuerpo que cruje, memoria que insiste, refugio de dragones de cartón y de las cosas sencillas que sobreviven al olvido. Cada verso dialoga con la imagen, y cada imagen confirma que en el corazón de la capital laten historias que solo la poesía se atreve a nombrar.

En el poema Dragones de cartón, la poeta declama:

Él con su sonrisa agrietada

extendió sus ojos

y pidió una limosna…

en silencio se marchó con el frío

de la tarde

llevando la neblina

como abrigo perpetuo

y llevando como sombra

las luces de la calle.

Con el poemario Postales urbanas habitamos el centro histórico de San Salvador, sus calles y barrios a través de imágenes, recuerdos, desplazamientos y memorias. La poeta Susana afirma que es un libro de poemas que hablan del país que ella conoció y habitó en su niñez, El Salvador, en tiempos de la guerra civil, en sus textos alguien que se ha ido de ahí pregunta y ella responde con estampas de lugares, de sensaciones, acompañadas de imágenes del fotógrafo salvadoreño Dylan Magaña. Susana Reyes nos regala 11 poemas, en los que, a través del verso, nos habla de la ciudad, del ayer, del tiempo que combina con más de 40 imágenes del fotógrafo Dylan Magaña. Tanto Reyes como Dylan dialogan con su arte – la poesía y la imagen – en el corazón de una ciudad que ha sufrido infinidad de transformaciones, últimamente con la intencionalidad de borrar todo elemento cultural y del pasado, pero que persiste, ante todo esa esencia que puede palparse en algunos puntos.

Los parques, Dragones de cartón, Familia, Ellos, Ellas, La loca, Natura, Ángel, Las cosas sencillas, Pasajeros y Crónica de viajes son las postales urbanas con esencia de poemas de Susana Reyes. El poemario se convierte en un documento de resistencia, de imagen viva y retrato eterno, y sobre todo de memoria que habita en las calles de los barrios del centro de San Salvador; un testimonio reforzado con las fotografías que complementan los versos, los poemas, las ideas de la poeta. Susana Reyes delinea una cartografía literaria del corazón de la ciudad capital de El Salvador y veladamente realiza un ejercicio reflexivo sobre la pérdida de la memoria histórica, con el trasfondo de la postguerra y el nuevo urbanismo, haciendo alusión a la amnesia colectiva o institucional impuesta en San Salvador tras las guerras civiles en la región.

Una reflexión que podemos trasladar al resto de capitales del istmo centroamericano. En el poema Ellos, Susana recita:

Hoy como pan

como hace veinte años,

ese pan que olvidé y negué

Ante la ráfaga importuna.

Cada masticada se vuelve

un destello de memoria

y me estremece…

Soy de nuevo un niño

y como el mismo pan

y vivo de nuevo la misma historia.

En los últimos años, algunos colectivos sociales de ciudades como San Salvador o Ciudad de Guatemala están cuestionando activamente las políticas públicas que buscan “borrar” el pasado violento de los conflictos armados. Centros históricos que han sido testigo de historias de lucha, de resistencia. Ahora se ven intervenidos por el afán urbanita de gobiernos que, con la excusa de recuperar espacios para la ciudadanía, están borrando las huellas de un pasado reciente, incómodo por supuesto, y los están convirtiendo en auténticos decorados superficiales, degradados y gentrificados. Y en estos instantes pareciera que la ciudad, aun callada, nos pertenece, pero en realidad, es la ciudad la que nos engulle como un elemento más de su arquitectura. Por supuesto, es necesario una intervención urbana que permita la creación de espacios públicos, la recuperación de edificios patrimoniales y el desarrollo de iniciativas de negocio y comerciales. No obstante, lo cuestionable es que en esa intervención se desplace a sus habitantes y que el nuevo modelo de desarrollo económico y urbano de la ciudad quede en manos del gran capital, vinculado las estructuras gubernamentales del poder establecido. Todo esto sin mencionar la pérdida de identidad y pertenencia que conllevan intervenciones que imitan modelos urbanos de ciudades gentrificadas.

En el poema Ángel, la poeta escribe:

En el atrio

la existencia es apenas una gota

muriendo sin abrigo

entre los maderos.

Las urbes centroamericanas, sus centros históricos, así como muchos de sus barrios y colonias, se han convertido en verdaderas ciudades palimpsestos. Un palimpsesto es algo escrito, borrado y vuelto a escribir sobre una misma superficie. En la Antigüedad, cuando los materiales de escritura —como el pergamino— eran caros y escasos, los escribas raspaban con piedra pómez la tinta de los textos anteriores para recuperar la superficie y escribir sobre ella una nueva obra. Sin embargo, el texto borrado rara vez desaparecía por completo: bajo las nuevas palabras permanecían huellas de lo que alguna vez había sido escrito.

Y nuestras ciudades también pueden leerse como un palimpsesto. Sus centros históricos son superficies donde distintas épocas se superponen: unas permanecen visibles, otras han sido ocultadas, demolidas, transformadas o reinterpretadas. Bajo cada edificio, cada plaza y cada calle pueden sobrevivir fragmentos de otras ciudades y, con ellos, otras formas de habitar, de recordar y de reconocernos en un lugar. Pero quizá lo verdaderamente inquietante sea lo que ocurre cuando alguien decide escribir deliberadamente sobre esas huellas. Cuando el presente no se limita a transformar la ciudad, sino que pretende borrar las capas anteriores para imponer una única versión de su pasado y de su identidad. Es entonces cuando el palimpsesto deja de ser solamente una metáfora de la ciudad y se convierte en una pregunta sobre la memoria: ¿qué sucede con una sociedad cuando ya no puede leer aquello que fue borrado?

La poeta Susana declama en su poema Ellas:

Mi vestido es harapos

y mi corazón

una bóveda infinita

de donde salen llorando

los recuerdos

una mujer cálida

me llama hija

y viene llorando

con una sonrisa

me besa, me carga en brazos,

tu brazo en un puente roto

Tu hombro, un horizonte inacabado.

Para el antropólogo social mexicano Raúl Nieto Calleja, el imaginario urbano constituye una dimensión por medio de la cual los distintos habitantes de una ciudad representan, significan y dan sentido a sus distintas prácticas cotidianas en el acto de habitar; constituye una dimensión en la que se establecen distintas identidades, pero también, se reconocen diferencias.

Y tanto la evolución personal de la poeta Susana como la de sus poemas urbanos son ejemplo de cómo el habitar el territorio se permea, en este caso, a través de su oficio de escritora, en el que explora con la palabra, desde la palabra para generar un discurso y un mensaje único; cómo encuentra sencillamente su perspectiva, desde dónde mira el mundo y desde dónde lo devuelve. La poeta afirma que ella nació a un kilómetro del kilómetro cero, en los barrios populares antiguos construidos a mediados del siglo XX, en unos apartamentos que se levantaron en el periodo de la presidencia de Óscar Osorio Hernández. De la gente que sacaron de los mesones para usar los mesones o los terrenos para cine, para otras construcciones del centro. Estos edificios portentosos que siguen ahí. Ella afirma que sacaron a toda esa gente y la llevaron a los multifamiliares de los alrededores. Ahí nació, ahí se crió, con todo lo que implica ser una niña de barrio.

Susana era de las niñas que, en lugar de forrar sus cuadernos con los cantantes de la época, recortaba y ponía los poemas que salían en el periódico y aquellos que le gustaban mucho los transcribía porque le gustaba leer y escuchar esa musicalidad. Después en lugar de recortar poemas, hacía poemarios en plaquettes, y así pasó a los libros, hasta finalmente hacer los suyos. Y es que todos los inicios de los poetas son artesanales, libros hechos en casa, con pasión, imaginación y amor hacia lo que se cree. La poeta Susana Reyes afirma que siempre le gustó el libro como objeto. Ella ama todo el proceso de impresión, de hecho, uno de sus primeros trabajos fue en una imprenta: esta primera toma de contacto con el ecosistema del libro fue su puerta de entrada al mundo editorial y la complejidad que eso representaba. Ella elaboraba libros para recitales, cosas pequeñas y paquetes que organizaba artesanalmente para dejar un recuerdo entre el público. Lo de la editorial llegó casi por añadidura, paulatinamente y de forma natural, pero más como un reto, pues al inicio de incorporarse Índole Editorial, su trabajo estuvo orientado al apoyo en la corrección. Llegar a la planeación fue gradual en su involucramiento con el sello. Para la poeta, el compromiso del editor es un trabajo donde debe existir la confianza. Si no se logra, no se puede hacer un buen título.

Yo caminaba en la avenida y era triste la sombra

de la ciudad frente a mí.

escribe Susana en el poema Pasajeros.

Ahora, esa niña de barrio, que se ha convertido en una poeta con alma de guardiana de la memoria, ve el centro de la ciudad de San Salvador de otra forma. Más allá de los neones bailarines actuales y de las calles que transpiran una esencia importada que nada tiene que ver con el sentir y el ser de la cultura urbana salvadoreña. Susana se lamenta de la pérdida de la esencia citadina. Ella comenta que lastimosamente tenemos una forma de borrar que es cruel, porque nunca hemos invertido en la reconstrucción de algo. Existieron cuatro capas arquitectónicas de San Salvador, que representaron la evolución de una ciudad, de una sociedad. Pero pues nada de eso se reconstruyó, nada de eso se quiso salvar… Por eso ella cree que, más allá de una solución al desorden que existía, y que definitivamente era necesario intervenir, el verdadero oficio del poeta es ejercer de memoria, de la memoria personal y dejar una huella. Y ahí es donde radica el poder de la palabra poética de Susana. Ella trae a la memoria en las “Postales Urbanas”, aquellos lugares que ya no existen. Son lugares que se cayeron, hoy son parqueos, y luego el fenómeno de las ventas ambulantes, que es fenómeno del terremoto y de la guerra, toda esa huella.

De vos me quedó un recuerdo,

Una voz que se escucha en los teléfonos

Una promesa que se reafirma en el verano

Y este parque en fotos que hoy te mando.

escribe Susana Reyes en su Poema Los parques.

Postales urbanas es un poemario muy íntimo, que la poeta dedica a su mejor amiga y que cuenta de la separación que tuvieron en la preadolescencia por razones de la guerra civil en El Salvador. Ella le va contando cómo está el lugar que habitaron cuando eran niñas. Estas postales son las que le hacen ver a la ciudad, ver a su infancia, a las cosas perdidas, a todo esto, que tiene que ver también con la huella de la guerra en esta generación que fueron niños de la guerra.

El formato libresco de Postales urbanas fue la segunda vuelta, pues la primera vez que salió, se realizó en plaquette. Para esta primera vez que el poemario vio la luz, Susana Reyes le presentó el proyecto al escritor, periodista, traductor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa, fundador de La Casa del Escritor, un proyecto para la formación de escritores jóvenes, ubicado en la que fuera casa del también escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué (Salarrué). Convencido de la idea, realizó unas plaquettes, que en esencia eran copias con grapa y la carátula en otro color de papel. Estas fueron muy difundidas en los 90, y era lo que salvaba a los escritores porque no había en ese entonces otra manera de publicar en El Salvador. Tiempo después, el proyecto Postales urbanas evolucionó y se enriqueció con fotos de la ciudad. Susana le pidió a Dylan Magaña que le permitiera su catálogo fotográfico, con el deseo de que el poemario fuese un libro de ambos pues Susana sabía que Dylan amaba el centro igual que ella.

Al principio iba a ser full color, pero en ese proceso ocurrió el desalojo de miles de vendedores ambulantes que dependían del espacio público para subsistir, en el marco de la política de recuperación de plazas, calles y edificios patrimoniales, junto con una mayor presencia policial y ordenamiento municipal. Poeta y fotógrafo, conscientes de que el desarrollo urbano no debe darse a costa de los más vulnerables, eligieron el blanco y negro puro en lugar de trabajar en color; un contraste fuerte para expresar los sentimientos encontrados y los desafíos de encontrar un equilibrio entre modernización y justicia social, entre el desarrollo y pérdida de memoria e identidad. Si bien la revitalización ha traído luces y nuevas dinámicas turísticas, poemas y fotografías advierten sobre un despojo de la naturaleza del centro. La transformación hacia un microcentro gentrificado genera una pérdida de vínculos y debilita el sentido de pertenencia.

En el poema La loca, Susana declama:

Esa que está ahí

no es ella

esa de cara opaca

y cejas de luna

la niegan porque es sombra

en un país sin sol

Para Dylan Magaña La ciudad es, fundamentalmente, su gente. Por ello, el resguardo de lo intangible se logra únicamente escuchando a las familias y recolectando testimonios de quienes habitan los barrios originarios. Documentando de forma profesional. Y sus fotografías abrazan las postales urbanas poéticas de Susana: baldosas hidráulicas de diseños centenarios, fachadas que han visto pasar tiempos y vidas, tejas erosionadas por la lluvia y el sol que dejan filtrar de forma caprichosa, las voluntades climatológicas, puertas, ventanas y techos laminados repujados, testigos del glamour romantizado del pasado y la pertinaz decadencia del presente. Todas en blanco y negro, simbolizando que el presente que vive el centro histórico de San Salvador perdió ya su color.

En palabras de la poetisa, periodista y gestora cultural ecuatoriana, y considerada como una de las voces más relevantes de la poesía hispanoamericana contemporánea, Aleyda Quevedo Rojas, Susana Reyes nos muestra el rostro de San Salvador ocupada por seres diversos y solitarios. Memoria y contemplación en estas postales urbanas que ensamblan armoniosamente con las fotografías para ofrecer un libro de imágenes, silencios y búsquedas.

Y es que la poeta Susana Reyes ha tenido una pasión por el peso de la palabra, el idioma como lenguaje capaz de crear y transformar. La poesía es una forma de vida; una manera de ver la realidad. Para Susana, la poesía es un diálogo con la realidad. Una realidad que late en sus poemas en forma de soledad, silencio, abandono y sobre todo, con el deseo de construir identidad, memoria y pertenencia a través de los libros. Susana Reyes escribe en el poema Familia:

No hay fiesta en esta vía.

Los feriados

son voces que pasan por las calles

el plato está vacío y el fuego es llama fría

burlando las sombras.

Cuando un territorio o una ciudad cambia, no solo desaparecen edificios. También desaparecen las formas de habitar, recuerdos, relatos, nombres, vínculos y maneras de reconocernos en un lugar. La literatura y la poesía funcionan como esa arquitectura de palabras y versos que construyen espacios de memoria allí donde la ciudad física los borra.

El mundo es grande,

pequeño mío,

lo he visto en las postales.

Nosotros apenas sabemos de horizonte

de tiempo de espera

de silencios acomodados

en los caminos

escribe Susana en el poema Crónica de viajes.

Las poetas como Susana construyen memoria donde antes había una calle, una casa o un barrio lleno de vida. Porque los versos de Susana Reyes y las fotografías de Dylan Magaña sobre el centro histórico de San Salvador es una forma de habitarlo, conservarlo y reclamarlo. Y sin darnos cuenta, frente a la mutación de la ciudad, sin esa pátina de las vivencias y presencias de las personas que habitaban allí desde hace años, la literatura y la poesía de Susana ayuda a construir otra ciudad, otro centro histórico de San Salvador, hecho de palabras, recuerdos, voces y personajes y con Dylan, también de imágenes y fotografías.

Susana Reyes, con sus versos y Dylan Magaña, con sus imágenes, conservan y construyen una nueva arquitectura de la memoria, tan necesaria y vital para comprender la ciudad de San Salvador y por extensión, las ciudades y territorios de Centroamérica.


Susana Reyes escribió Postales urbanas, Dylan Magaña se encargó de las fotografías y Celdas Ediciones la publicó en 2025.

Susana Reyes nació en 1971. Es una poeta, editora, actriz, profesora, gestora cultural y tallerista de escritura creativa salvadoreña. Ha trabajado como docente de lenguaje y literatura en diversas universidades y ha participado en programas de formación literaria para jóvenes y maestros. Es editora de Índole Editores, directora de la editorial Ojo de Cuervo y del Encuentro Centroamericano de Escritura de Mujeres Ojo de Cuervo, preside la Fundación Claribel Alegría, y es una de las coordinadoras de la Red de Investigación de las Literaturas de Mujeres de América Central. Su quehacer cultural la ha vinculado con otras iniciativas como la Fundación Clic. Arte y Nuevas Tecnologías y la Fundación Cultural Alkimia así como el grupo de teatro La Calle. Pertenece al grupo literario de mujeres Poesía y Más... De su obra publicada mencionaremos títulos como Los solitarios amamos las ciudades, Postales urbanas y vitrales, Historia de los espejos, Límites y Recuento de Relaciones, en colaboración con el escritor y académico hondureño Juan Ramón Saravia.

Sus poemas, que han sido traducidos al inglés, francés, portugués e italiano, también han aparecido en diversas antologías como La poesía del siglo XX en El Salvador, Teatro bajo mi piel, Palabras de la siempre mujer, Mujeres en la literatura salvadoreña y Antología Virtual Hispanoamericana. En 1994 recibió el Premio Joven Talento, otorgado por la Galería 91 y CONCULTURA.

Dylan Magaña es un investigador y gestor cultural salvadoreño. Ha realizado investigaciones sobre patrimonio arquitectónico, las baldosas hidráulicas y las salas de cine en El Salvador. Ha ofrecido cátedras con estos temas en universidades y en la Academia de Historia de El Salvador y es asesor de contenido para proyectos independientes. A través de la fotografía de arquitectura creó el proyecto Sivaresque, con el que ha participado en diversas exposiciones colectivas en Museo Forma, Museo de Arte, Bienal de Arquitectura del Colegio de Arquitectos, DuPont Underground, de Washington, y una exposición individual en Teatro Luis Poma. Como investigador también realiza visitas guiadas en el centro de San Salvador, con enfoque en el rescate de las casas de lámina troquelada y sitios de memoria, bajo el nombre de Inventario del Olvido. Actualmente trabaja en la publicación de un libro sobre su documentación fotográfica e investigación sobre las baldosas hidráulicas.


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Fuentes consultadas:

  • Reyes, Susana. Postales urbanas. San Salvador: Celdas Ediciones, 2025. ISBN: 978-999983-66-26-8.

  • Pacheco, Adriana (2021). Encuentro Centroamericano de Escritoras Ojo de cuervo. En: Podcast Hablemos de escritoras (10 de marzo). Recuperado de: enlace

  • Magaña, Dylan (2019). “Siempre me gustó el libro como objeto”, Susana Reyes. En: Elsalvador.com (21 de marzo). Recuperado de: enlace

  • Susana Reyes poesía para la paz (2021). En: El escarabajo (16 de enero). Recuperado de: enlace

  • San Salvador en carne viva: la mirada poética de «Postales urbanas», un libro de Susana Reyes (2025). En: El borracho abstemio (21 de septiembre). Recuperado de: enlace

  • Carro, Migdalia (2018). Susana Reyes y el papel de la mujer en la poesía. En: El sol de Tlaxcala (19 de abril). Recuperado de: enlace

  • Cantizzano, Irma (2025). Susana Reyes: “El verdadero oficio del poeta es ejercer como memoria. En: La prensa gráfica (27 de diciembre). Recuperado de: enlace

  • Escobar, Iván (2025). “Postales Urbanas” un viaje poético y visual a San Salvador. En: Puntos de encuentros (10 de junio). Recuperado de: enlace

  • Podcasts autor del mes - Susana Reyes (2025). En: Biblioteca UDB (30 de agosto). Recuperado de: enlace

  • Díaz, Jhoel (2023). Susana Reyes pone nuevos “Límites” a la poesía salvadoreña. En: El mundo (12 de octubre). Recuperado de: enlace

  • Entrevista con Susana Reyes (2011). En: El mixtifori, canal de las letras (30 de mayo). Recuperado de: enlace

  • Dylan Magaña destaca rol de la gente como guardiana de la memoria en el Centro Histórico (2026). En: El Diario de hoy (15 de abril). Recuperado de: enlace

  • Sitios de la Memoria para el Nunca Más: reconstrucción y no repetición ([2024?]). En: PBI (30 de mayo). Recuperado de: enlace

  • Valencia Palacios, Marco (2009). Cartografías urbanas: imaginarios, huellas, mapas. En: Universidad Central, facultad de Arquitectura, Urbanismo y Paisaje (Años 6, número 16). Recuperado de: enlace

  • María, Agustín (et al.) (2018). Estudio de la urbanización en Centroamérica: oportunidades de una Centroamérica urbana. En: Grupo Banco Mundial. Recuperado de: enlace

  • Peralta, Emerson (2025). Ciudades clonadas: la urbanalización y la pérdida de identidad urbana en el mundo. En: El diario de Morelos (27 de octubre). Recuperado de: enlace

  • Dillon, Juan (2018). Ciudades interculturales: el fenómeno global de ciudadanos nómadas que impulsan nuevas identidades urbanas. En: Infobae (12 de mayo). Recuperado de: enlace

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