Ser gay, lesbiana o persona trans en Centroamérica es un desafío que, si bien es cierto varía significativamente en cada país de la región, el contexto social compartido por los países de la región se caracteriza por una mezcla de conservadurismo social, intensa homofobia y avances legales desiguales.
Mientras Costa Rica ha sabido abrazar de forma más abierta el abanico de la diversidad sexual, Guatemala da pasos firmes en representatividad a nivel político, pero no se atreve a hablar de matrimonio igualitario; y al fondo, muy al fondo, El Salvador y Honduras siguen siquiera sin investigar con firmeza los crímenes de odio que, aunque empiezan a ir a la baja, tienen raíz profunda en la discriminación que aún se niega. Hasta hace muy pocos años, el marco legal de Guatemala y Costa Rica incluían leyes que tipificaban como delito la homosexualidad, etiquetándola como sodomía; de hecho, el país de la región que más ha avanzado en reconocer los derechos de la población LGTBIQ+, esto es Costa Rica, ha sido el último en sacar de sus códigos penales las disposiciones que criminalizaban los actos sexuales consentidos entre personas del mismo sexo. En Honduras y El Salvador nunca ha sido ilegal ser parte del arcoíris, pero eso tampoco ha hecho que el Estado garantice derechos.
Por supuesto que hay que reconocer que ha habido algunos avances en los países de la región en el reconocimiento de la realidad de las personas LGBTIQ+, sin embargo, Centroamérica sigue siendo una región asentada en valores morales alejados de la laicidad, democracia y respeto que sus formas republicanas de gobierno predican. Y es que la mayor parte de la sociedad política centroamericana no se caracteriza por informarse y preocuparse por garantizar el respeto a los derechos humanos de todos los ciudadanos sin importar su orientación sexual e identidad de género. La mayoría de los países del istmo centroamericano, las narrativas de odio hacia el colectivo del arcoíris se siguen fortaleciendo.
Para contrarrestar estas tendencias, la presencia pública de la población LGBTIQ+ no solo ha crecido en manifestaciones y marchas del Orgullo o al Desfile de la Diversidad Sexual e Identidad de Género como se denominan en algunos países del istmo centroamericano, sino que también la discusión ha trascendido del derecho al matrimonio y se ha logrado la tipificación legal de la violencia de odio. La lucha en muchos países, por ahora, sigue siendo que no te maten, sin poner en pausa la lucha por la visibilidad y la representación. Y aunque la presencia del colectivo del arcoíris es más visible y fuerte en los espacios políticos y en los cargos de elección popular, hablar de diversidad sexual o matrimonio igualitario ha sido hasta ahora sinónimo de suicidio político. La comunidad LGBTIQ+ no cuenta con ninguna protección legal y enfrenta mayor discriminación, falta de derechos de familia y, a menudo, violencia. Y para la mayoría de los jóvenes centroamericanos, aceptarse gay, lesbiana o persona trans es una pesadilla, porque crecen con el doble estigma de ser pobres y homosexuales.
Definitivamente, identificarse como parte de la comunidad del arcoíris, es todo un acto de valiente rebeldía en Centroamérica. Una valentía latente en la literatura de la región que ha surgido como una fuerza narrativa y poética vibrante que busca romper esquemas heteronormativos, políticos y sociales, a pesar de haber sido históricamente exigua en comparación con otras regiones latinoamericanas. Esta producción literaria del siglo XXI visibiliza la diversidad de experiencias, desafiando estereotipos de género y explorando la sexualidad en contextos marcados por la represión.
Y qué mejor oportunidad para constatar esta actitud literaria rompedora que leyendo las composiciones de un artista-poeta cuya obra plástica y escrita nos ofrece la posibilidad de construir “la pequeña historia maricona de Centroamérica”. Sus creaciones, especialmente sus poemas, hablan del poder de la memoria, caracterizada desde su resistir, frente a la historia, caracterizada desde la homogenización y la cisnorma, del habitar la memoria del cuerpo en un contexto de región atravesado por las violencias, especialmente una violencia homofóbica y transfóbica.
Hoy, en Centroamérica entre líneas, nos sumergimos en los versos indómitos del escritor guatemalteco, Juan José Guillén con su poemario Niños dormidos.
El poemario Niños dormidos del escritor guatemalteco Juan José Guillén es un poemario apegado a un territorio concreto: San Rafael de la Cuesta, de donde es originario este poeta guatemalteco, un municipio cercano a la costa sur de Guatemala. Una región histórica de clima cálido donde sólo quedan algunos remanentes de la gran selva tropical húmeda y los pastos naturales que regían entre el mar y las montañas.
El poemario Niños dormidos también se aferra a una territorialidad: la Marica, adjetivo y sustantivo de carácter peyorativo y despectivo, usado para
designar a un varón afeminado u homosexual. Y que la comunidad LGBTIQ+ se ha apropiado del adjetivo como parte de un proceso continuo de resignificación política y cultural que transforma el insulto discriminatorio en una herramienta de empoderamiento, identidad y resistencia. Y en este quehacer, el poeta Juan José Guillén es todo un especialista. De hecho, el propio poeta manifiesta que este poemario le atraviesa de formas complejas. Por mucho tiempo, estos textos permanecieron en la intimidad, por miedo o paranoia. Con el tiempo, afirma el poeta, entendió que la poesía es también un modo de exorcizar tiempos y corazones.
Para el sociólogo y poeta guatemalteco, especialista en literatura maya y colonial de Guatemala, Luis Morales Rodríguez, “La memoria y la infancia son ficciones que modelan el presente, el relato que fabricamos para nombrar el pasado es la mitología que subyace inamovible en la conciencia. El libro construye la Costa Sur como una tierra primigenia entre la vorágine de la selva y un lugar mítico del que se partió hace siglos y se sigue partiendo, incluso ayer, como desierto exódico. Los poemas encuentran expresión en la creación de imágenes delirantes y la observación casi barroca de la anécdota cotidiana, del drama particular y diario de la costa y su mitología vegetal. Es un retrato de infancia y juventud marica narrada con una voz particular que dice “las locas arrastradas contamos nuestros éxodos en el idioma de la risotada”.
Niños dormidos es un poemario brutalmente honesto que emerge de la cruda realidad de una persona que no le queda más remedio que construirse a sí misma.
Un poemario por el que transitamos por recuerdos y nostalgias de una infancia que desde el primer momento preconiza el arduo camino que en la vida deberá recorrer el poeta. En el poema Sequía, Juan José Guillén escribe:
me vuelvo nance acedo
pata amputada de chucho solito
flor de caña
café podrido
esperando grosera una gota de agua
esperando chiflada a que regrese la lluvia.
Niños dormidos es un poemario cuya estructura capitulada nos hace sentir que nos cuentan una historia que nace de la memoria y los recuerdos y crece conforme las dificultades de la vida se ensañan conforme tomamos conciencia de nuestra verdadera identidad. Niños dormidos es poemario con alma de narrativa rebelde y traviesa que organiza los diferentes poemas en cuatro capítulos.
En el primero titulado Éramos niñas entre el monte afloran unas notas nostálgicas de una infancia añorando a la figura segura de la abuela, de unos recuerdos abrazados de inocencia infantil en ese territorio agreste que es la cálida costa sur de Guatemala. En este se incluyen las composiciones El palomar divino, La caminata, Por una rama, La hidroeléctrica San Rafael y Sequía.
En la composición El palomar divino, el poeta declama:
la amé con todo mi corazón
con el alma
la vida entera
me regaló mis primeros libros
me calzó
me buscó oficio
y me enseñó que fuera arrecha
a chupar cacao
ella sabe cómo la memoria
es como volver a morir con ella
El segundo capítulo titulado El mapo de cantón Concepción, el poeta se aferra con uñas y dientes a su identidad marica. Comienza a emular las formas más lúgubres de la tristeza, como afirma en su poema Homosensual II:
No recuerdo mero bien cuándo comencé a tener
armonía por lo hombres
cuando mero me rompieron el chiquito
seguro fue en verano
seguro fue en el monte.
En este podremos encontrar los poemas Dice la Wanda, Homosensual II, Elisarda de Aldea Pátí (para ti) y Antimanifiesto.
En el poema Dice la Wanda, Juan José Guillén escribe:
dejar dormir a los señores
que no nos aguantan el palo
esquivar uno a uno
los machetazos públicos
de esta tierra homófoba
que os entierra antes de ser paridas
es lo único que nos queda a las locas pobretonas
En el capítulo Las gentes y la ciudad, el poeta madura y se empodera de su propio ser, comenzando a interrogarse sobre la futura muerte.
¿Qué va a pasar cuando crucemos el umbral
de la incógnita muerte?
¿será como ahogarse?
¿será como hundirse?
se cuestiona le poeta en la composición Interrogaciones
Este se articula en los poemas Ardor de pecho, Niños dormidos, Interrogaciones y Otra cosa. En la composición Niños dormidos, que a su vez da título a la obra de Juan José Guillén, el poeta recita:
a solapada puerta cerrada
lloran sus ya no contadas lipidias
en su cuartito de cuatrocientos quetzales
todas las noches trenzan un habitáculo
de dolores-espanto
y les sisean que ya no habrá mañana
que hasta allí llegaron
que ya no alcanza más
El capítulo Purificación Carpinteiro, el artista-poeta queer ha eclosionado. Con los poemas que forman parte de este último capítulo es imposible no sumergirse en la significación del performance “señorita memoria trans” Purificación As Known As Juan José Guillén, realizado en el marco de la Bienal en Resistencia en 2021. Este consistió en Purificación caracterizada como “reina del cantón concepción” un título ficticio con el que durante los años 90 la misma Julia resistió frente a la transfobia de su pueblo. Dicho acto finalizó con la lectura de una carta etérea y la colocación de la lápida funeraria que reivindicara su verdadero nombre.
En su poema Homosensual IV, el poeta declama:
El día en que convulsionamos de risa
porque te encontraron
compañera
vestidacortetodossantoscuchumatán
y era hombre
y era de tu madre
La historia es un dispositivo ideado para perpetrar la memoria de lo cisgénero, lo moral y lo “correcto”; Purificación o el poeta Juan José Guillén intenta reivindicar en este performance “su propia historia maricona” al regresar al imaginario colectivo de su pueblo (San Rafael Pie de la Cuesta) a la primera persona que se nombró abiertamente transgénero en la comunidad, la investigación sobre la vida de Julia, le lleva a buscar desde el performance una interpelación colectiva para el pueblo que borró su memoria y una sanación grupal para un colectivo que históricamente ha sido forzado a mantenerse al margen de la historia, invisibilizado.
Este capítulo, que cierra este poemario, se acuerpa en los poemas Acerca de un hommie, El hombrón de la herradura, Calladito, Homosensual IV, Otro Hommie y El majecito de último.
el peso de tus dedos
sobre mi pecho
tus pestañas moviéndose sobre mi cuello
batalla de exhalos tibios
de sonidos de abducción marica
y en este lugar lejano
donde crearemos la noche más larga
recita Juan José Guillén en la composición Calladito.
Para el escritor Juan José Guillén, el arte es un instrumento de comunicación potente, con una secuencia narrativa de simbología y color propio. Y esto se ve reflejado en este poemario. No solo en los versos descolocados en la mayoría de los poemas que a ratos nos trae a la memoria la innovación literaria de esas primeras vanguardias europeas de inicios del siglo XX abanderadas por el poeta cubista y crítico de arte francés Guillaume Apollinaire. Sino también por las ilustraciones de su interior. Cada capítulo del poemario refuerza su mensaje simbólico a través de una serie de ilustraciones, realizadas por el comunicador social e ilustrador guatemalteco Adrian Wolff.
La ilustración del primer capítulo, Éramos niñas entre el monte, presenta un paisaje onírico en blanco y negro donde un árbol de raíces expuestas se transforma gradualmente en distintas formas vegetales, mientras aves blancas atraviesan un fondo de montañas difusas. El dibujo, delicado y lleno de textura, transmite una sensación de memoria y metamorfosis y evoca la infancia, la naturaleza y el paso del tiempo con una atmósfera íntima y melancólica.
Para el capítulo El mampo de cantón Concepción, la ilustración en blanco y negro presenta una escena surrealista y cargada de contrastes simbólicos, donde una figura antropomorfa y desnuda descansa en un paisaje agrícola bajo un cielo de nubes densas. La imagen desafía las categorías convencionales al yuxtaponer elementos, tradicionalmente relacionados con la feminidad, como los zapatos de tacón o la aplicación de carmín en los labios, con símbolos de violencia y naturaleza, representados por un arma de fuego apoyada en su pierna y un ave, aparentemente un quetzal, el ave nacional de Guatemala, descansando en la zona pélvica del cuerpo representado. Esta ilustración supone un ejercicio de malabarismo de diferentes elementos identitarios, sugiriendo una exploración crítica o poética sobre la disidencia de género, la vulnerabilidad y la resistencia en un entorno ajeno a la urbanidad.
La ilustración del capítulo Las gentes y la ciudad presenta dos mitades de un fruto abierto que contienen rostros humanos en su interior, uno de ellos ocupado por un ojo que gotea lágrimas, como si la naturaleza guardara identidades, emociones o memorias ocultas. Sobre ellos aparecen postes eléctricos y aves diminutas atravesando un cielo apenas insinuado, mezclando elementos rurales y urbanos en una escena minimalista y surreal. El tono reflexivo de este dibujo sugiere un diálogo entre lo ancestral y lo moderno, entre el territorio natural y la vida urbana.
El estilo de la ilustración del capítulo final, Purificación Carpinteiro, se define por un dibujo lineal minimalista y de corte surrealista. En esta se explora la identidad y la corporalidad mediante figuras antropomórficas que interactúan en escenarios oníricos, utilizando rasgos simbólicos —como ojos o labios sobredimensionados— para representar la introspección y las conexiones humanas.
Este conjunto de ilustraciones se ve coronado por la composición gráfica de la inquietante portada de poemario Niños dormidos cuya creadora es la diseñadora e ilustradora guatemalteca Karla Anléu Domínguez. La ilustración que da cobijo a este poemario presenta una composición visual de alto contraste en blanco y negro, con un diseño que evoca lo onírico y lo simbólico. La imagen muestra una suerte de Yin y Yan compuesta por dos figuras opuestas, complementarias e interdependientes, que yacen sobre de grandes hojas de banano. A la izquierda, se observa la silueta de un animal canino (similar a un lobo o perro) con el hocico abierto, una lengua casi en estado vegetativo y costillas marcadas, lo que simboliza la agonía de una naturaleza famélica. A la derecha, aparece una figura humana en una posición invertida, cuyo rasgo más distintivo es un gran ojo central que ocupa casi todo el espacio de su cabeza, reforzando la temática de la observación o el sueño. Mencionaremos que esta misma ilustradora guatemalteca también es responsable de las ilustraciones para la segunda edición del libro “Lunas y calendarios” de Irma Alicia Velásquez Nimatuj, publicado por Sión Editorial y obra por la que ya hemos transitado en Centroamérica entre líneas.
Para Juan José Guillén, nuestras herencias y crianzas, aparentemente intangibles, pueden ubicarse en acciones concretas, costumbres mínimas que son el resultado del maternar de nuestras abuelas, madres o hermanas; nuestra visión del mundo proviene en muchos casos de sus cuidados. Una afirmación que se patentiza en la dedicatoria de su poemario Niños dormidos:
A las locas maricas y a su primera juventud
estridente y tierna.
A mi madre y mis abuelas, a las cuatro, Hivana,
Teresa, Hortensia y Rosalinda.
El poeta afirma que aborda sus denuncias en colectividad desde el arte y sus inquietudes personales desde el periodismo y la comunicación. Como disidente del orden sexual en su trabajo investigativo y artístico propone recuperar lo históricamente considerado anormal, dentro del imaginario de las memorias colectivas. Para hablar de nuestra historia maricona, nuestra pequeña y necia historia disidente hubimos que remontar hacia la ancestralidad que nos ofreció nuestro ser distinto, cuestionar la historia, un dispositivo que idearon los hombres para mitificar sus logros fálicos plagados de fechas y primeras veces absurdas. Y es que Juan José Guillén conjuga mejor que nadie el activismo marica, la acción poética y la transgresión artística.
El es un artista queer emergente. Es un periodista, neurodivergente y un aficionado del arte de calle y collage. En sus obras de arte intenta justificar lo que ha sido descuidado por la historiografía convencional “desde la perspectiva del poder, la occidentalización, el heterocentrismo y la versión burguesa de los acontecimientos”, como él dice. Sus obras performativas tratan de alterar la parafernalia del símbolo, romperlas y crear reflexiones para transgredirlas, ironizarlas y exponer las anomalías del discurso dominante. Su activismo marica se patentiza no sólo en su arte sino también mediante procesos asociativos. El fue una de las potentes voces de la organización de Locas Centroamericanas y del Caribe (ODELCA). Esta colectiva buscó explorar y criticar otras formas de alienación de los cuerpos LGBTIQ y desplazar las provocaciones sobre aquello que atraviesa a la comunidad diversa para situarla más en el contexto de Guatemala, así el racismo, la memoria del conflicto armado interno, la búsqueda de los desaparecidos LGBTIQ durante la guerra y temas como la lucha estudiantil y la defensa del territorio no serían temas ajenos a la agenda LGBTIQ en Guatemala. Como hijos, hijas e hijes de la guerra, del desplazamiento, pero sobre todo como habitantes de cuerpos marikas, las miembras de ODELCA reivindicaron e interpelaron sobre sus disidencias específicas dentro de la comunidad arcoíris.
Ser disiente marica es un ejercicio de valentía, revulsión y provocación. Juan José Guillén afirma que “hubimos de buscar nuestra ancestralidad marica, marimacha, torta y trans en la vecina “rara”, en la burla de la cuadra, en ese ser estridente que nos impresionó tan pronto le conocimos, ese que sacudió nuestro mundo con su ser, la primera loca que se atrevió a vestir putifrunci, la primera mujer que se nombró trans en mi pueblo cuando aún no estaba preparada la vecindad entera para soportar su alterar, su recorrer”.
Una actitud ante el arte, la literatura y, en definitiva, ante la vida que aun, hoy día, pone en riesgo la integridad de muchas personas del colectivo del arcoíris en Guatemala, y por extensión, en Centroamérica. Pero esa valentía de decidir lo que realmente se quiere ser y como se desea vivir, sin importar los roles y características que la sociedad se empeña en asignar a cada persona, es la que hace visible las diversas formas de vida y convivencia. En un contexto cada vez más inestable, cambiante y fluido, aquello que incomoda a unos es fascinante para otros. Pues como el poeta Juan José Guillén escribe en su poemario Niños dormidos,
Las locas de pueblo
cambiamos vidas
Pero no destinos…
Juan José Guillén escribió Niños dormidos y Sión editorial la publicó en 2025.
Juan José Guillén es comunicador, historiador del arte, artista de calle y poeta guatemalteco. Estudió Artes Plásticas e Historia del Arte en la Universidad de San Carlos de Guatemala. En 2017 formó ODELCA (Organización de Locas Centroamericanas y del Caribe), colectivo con el que comenzó a incursionar en el performance y la instalación desde una mirada que replantea la vivencia marika. Su trabajo se centró en la exploración de temas como la identidad mestiza, la costeñitud, la comunidad LGBTQ+, la memoria y la herencia vinculada a este colectivo, utilizando diversas formas de expresión artística.
Como artista, ha expuesto su obra en Quetzaltenango, Chichicastenango, Ciudad de Guatemala, México y Canadá. Además de su práctica artística, se desempeña como periodista cultural y crítico de arte, y ha escrito para medios de Guatemala, Portugal, México, Colombia y Brasil. Como escritor, Juan José escribió poesía entre 2015 y 2019, publicando su trabajo en fanzines. Desde entonces ha mantenido ese ejercicio en privado siendo este poemario, Niños dormidos, una de las pocas expresiones formalmente impresas que existen de su quehacer poético.
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Fuentes consultadas:
Guillén, Juan José. Niños dormidos. Guatemala: Sión Editorial, 2025. ISBN: 978-99939-2-274-2.
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