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Cariátides
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Cariátides

Isabel de los Ángeles Ruano | T5.E69

El término “poeta maldito” fue acuñado por primera vez por el poeta francés perteneciente al movimiento simbolista, Paul Marie Verlaine, en 1888. Un concepto que evoca a esos creadores de finales del siglo XIX que vivieron al margen, consumidos por sus pasiones, el desamor, la melancolía y una búsqueda incesante de lo absoluto. En su búsqueda por una autenticidad perdida, los llamados poetas malditos se rebelaron contra este nuevo orden, buscando en la escritura y el arte una forma de expresión más auténtica. Sus vidas atormentadas y, en muchos casos, sus muertes prematuras los convirtieron en figuras casi míticas, alimentadas por la leyenda y la bohemia que se caracterizaba por los excesos de alcohol, drogas y sexo, dando sentido al término de la corriente filosófica y literaria del decadentismo.

El “malditismo literario” latinoamericano evolucionó de diferente forma al movimiento surgido en Europa a finales del siglo XIX. Los escritores malditos europeos buscaban una ruptura estética y moral contra la burguesía mediante el exceso. En contraste, los autores latinoamericanos fueron marginados por dictaduras, pobreza y exclusión, mezclando el tormento interior con la violencia política, el exilio y la crítica social. Lo que en Europa nació como un rechazo intelectual al mercantilismo y la moral conservadora y cuyos autores elegían la bohemia y la provocación, en el contexto latinoamericano, la maldición literaria suele ser impuesta por el contexto histórico patentizada de diversas formas represivas. Como los exilios políticos del argentino Julio Cortázar, el uruguayo Mario Benedetti, la chilena Isabel Allende o el guatemalteco Mario Monforte Toledo, la persecución por su orientación sexual y política del cubano Reinaldo Arenas o el peso del aislamiento y desarraigo de la argentina Alejandra Pizarnik.

Y es necesario apuntar que este malditismo literario adopta una connotación diferente al referirse a las “escritoras malditas”. Así se describía a las que eran perseguidas por el estigma de la locura, a las que escribían en la penumbra obras, a las que no se le presuponía gran valor o influencia, a las marginadas y alcohólicas, a las de vidas atormentadas que terminaron, en muchos casos, por elegir la muerte como único remedio a un sufrimiento vital. Lo que para las escritoras funcionaba como acusación y condena era, en ellos, motivo de elogio y valoración. Bohemios, provocadores y artistas frente a débiles, desquiciadas y suicidas.

La investigadora salvadoreña Tania Pleitez Vela cuestiona acertadamente el mito de la “escritora maldita”. Ella afirma que este concepto romántico a menudo invisibiliza las verdaderas causas de su sufrimiento: la represión política, las guerras civiles, la censura y el fuerte machismo del siglo XX que aislaba a las mujeres intelectuales.

Y es nuestro afán el de despojar de esa estigmatizante connotación romantizada y apropiarnos de este concento de escritoras malditas para elevarlo al reconocimiento de escritoras transgresoras y rebeldes. Escritoras visionarias que sufrieron un profundo aislamiento, persecución política y tragedias personales. Las escritoras malditamente transgresoras de Centroamérica han roto moldes patriarcales y desafiado los silencios históricos. Desde cuestionar el rol sumiso de la mujer hasta explorar la sexualidad, el cuerpo y el dolor, estas autoras reescribieron la identidad de la región a través de la poesía, el ensayo y la novela. Y nos gustaría poner nombre a algunas de nuestras escritoras malditas y transgresoras.

En El Salvador mencionaremos a Prudencia Ayala, escritora, periodista y activista social de origen indígena que rompió todos los esquemas al postularse a la presidencia de El Salvador en 1930, en una época donde el voto femenino no existía. Matilde Elena López, ensayista, poeta y dramaturga que fue una de las primeras intelectuales en unir el pensamiento marxista con la crítica literaria y la lucha política y participó en movimientos para derrocar dictaduras. Claribel Alegría, nacida en Nicaragua, pero crecida En el Salvador, cuya obra poética y narrativa aborda la opresión política, la memoria histórica y la profunda preocupación por la situación de la mujer. O Jacinta Escudos cuya literatura aborda el erotismo, la ironía, la cotidianidad urbana y temas de identidad con una visión profundamente fresca y contestataria que desafía el conservadurismo social.

En Nicaragua, nombraremos a Gioconda Belli: su obra poética y novelística radica en la conexión entre la liberación sexual y la revolución, el amor, la guerrilla y la nación, rompiendo esquemas al fusionar el compromiso político con una exploración profunda de la sexualidad femenina y la liberación de la mujer. Rosario Aguilar, pionera de la narrativa psicológica y de la nueva novela histórica en Centroamérica, fue la primera escritora regional en abordar temas de la guerrilla desde la perspectiva de las mujeres y en deconstruir las figuras femeninas de la época de la conquista. O Daisy Zamora, cuya literatura explora la maternidad desde una perspectiva realista, lejos de la idealización, así como la memoria, el exilio y la identidad de la mujer en tiempos de guerra y agitación política.

Como una pequeña muestra de escritoras malditas de Costa Rica, mencionaremos a Yolanda Oreamuno que rompe radicalmente con la literatura costumbrista de la época mediante una escritura que aborda la violencia doméstica, la asfixia social de las mujeres y la independencia femenina frente al yugo patriarcal. Eunice Odio, cuya poesía surrealista y erótica, junto con su vida nómada y alejada de las convenciones sociales, la convirtieron en una figura fascinante y controvertida. O Carmen Naranjo, una narradora y ensayista que exploró la burocracia, la soledad urbana y las estructuras de poder con una aguda ironía.

Algunas escritoras de Honduras consideradas malditas son Lucila Gamero de Medina, que fue pionera en denunciar el dogmatismo religioso y el machismo institucional. Lety Elvir cuyos trabajos combinan la crítica social con la expresión abierta de la intimidad, visibilizando a la mujer como un sujeto sexual y político sin ataduras. Juana Pavón, conocida en los círculos artísticos y académicos como Juana “La Loca”. Su poesía es atrevida, desinhibida, rechaza y enfrenta valientemente la sociedad hondureña. O Amanda Castro que en su obra literaria y en su vida, fue una defensora de los derechos de las mujeres, con especial énfasis en las mujeres de las maquilas.

Y en Guatemala, algunas escritoras malditamente transgresoras son Alaíde Foppa cuya poesía y ensayo vincularon el arte con la lucha feminista y social, convirtiéndose en una figura emblemática de la transgresión intelectual. Luz Méndez de la Vega cuya crítica literaria y poesía deconstruye los mitos sobre la mujer en la literatura, evidenciando el machismo histórico. Ana María Rodas, una poeta transgresora conocida por su estilo irreverente y directo cuyos poemas destacan por la radicalidad de su crítica a las relaciones de género existentes. O la ensayista y poeta Margarita Carrera que exploró la angustia existencial y el dolor.

Y por supuesto que existen muchas más mujeres escritoras centroamericanas trasgresoras. Ejemplo de ello es una poeta cuya figura encarna a la perfección el arquetipo de la “poeta maldita”, de la poeta transgresora: incomprendida, genial, rebelde ante las normas sociales y marcada por una vida errante y marginal. Hoy en Centroamérica entre líneas, transitaremos por el primer poemario de una de las voces más brillantes y complejas de la literatura guatemalteca. Ella es Isabel de los Ángeles Ruano y su poemario Cariátides.

Cariátides consagró a Isabel de los Ángeles Ruano como una de las poetas fundamentales del siglo XX. Su primer poemario fue publicado originalmente en México en 1968. En 2020 la editorial guatemalteca Catafixia realizó un ejercicio de recuperación de alguna de sus composiciones, revisión estilística y reconstrucción de ciertos vacíos que caracterizó la edición mexicana. Dicha edición, contó con el prólogo del poeta español León Felipe, quien la consagró como una de las poetisas de mayor relevancia, pese a que casi era una adolescente cuando fue editado en México.

Los diecinueve poemas de Isabel acuerpados en Cariátides transpiran un hondo existencialismo; denotan silencios y complicidades hasta abrazar cierta apatía de lo que sucede en su contexto. Alas de mi nombre, El que sea poeta, Los del viento, Palabras a Ángela Figuera Aymerich, En un río, Estar o ser, Cansancio, Casi de noche, Ánforas de cristal, Del irse cotidiano, Estar, Cinematógrafo, Suceder, Campanas al viento, Dolor, Caricatura de la verdad, Caricatura de los espejos, Cantares, ¿quién te dijo cantares? y A la Muy Noble Guatemala de la Asunción son los títulos de los poemas de Cariátides.

Isabel de los Ángeles Ruano es una de las pocas poetisas que, desde sus primeros versos, rechaza todas las blanduras de la poesía femenina para ofrecer una expresión de gran vigor y profundidad existencial, con algunos poemas contagiados del tono profético y denunciador de León Felipe. Sin duda, las corrientes del existencialismo están presentes en su poesía, pero por encima de una temprana experiencia de dolor y protesta humana muy personal.

En el poema El que sea poeta, Isabel declama:

El que sea poeta

se vestirá de amapolas con la aurora

y tendrá cuatro luces en el pecho

para aspirar al polen infinito.

Para Mario Alberto Carrera, narrador, ensayista, crítico y poeta guatemalteco, “la poesía de Isabel de los Ángeles Ruano es pesimista casi de nacimiento.” […] Los poemas de esta poeta transitan por una vía pesimista-existencial […] cuyo “verbo es mucho más tajante y seguro y agresivo, menos lleno de rosas y de cálices y más pronto a producir impacto y descarnado estremecimiento.”

En el poema Alas de mi nombre, Isabel de los Ángeles escribe:

Soy un árbol de alas

con alas que me brotan como hojas,

con hojas muertas que me vuelan como alas.

Desde la publicación del poemario Cariátides, la joven poeta dejó, a mediados de los años sesenta, una huella que marcó una nueva forma de expresión poco común en una mujer guatemalteca; con esto, la escritora se ganó un lugar de avanzada en la poesía feminista de su país. Posteriormente escribió otros libros de poemas que contribuyeron a completar su fama de escritora. Su obra se caracteriza por abordar temas de protesta social, amargura e indiferencia ante ciertas situaciones del entorno que la rodean. Con frecuencia recurre a reflexiones filosóficas que ponen en entredicho ciertas situaciones de la vida cotidiana. Desmitifica la dulzura de la poesía típica sentimental, que reemplaza con el dolor profundo existente en los seres humanos.

En la composición Cansancio, la poeta escribe:

Desayunamos, hay olor a novela

en estar huyendo de la psicología,

si te repliegas no funciona lo automático que te embota.

Lloramos, no hay cementerio que te agrade;

hay noches que no tienen remedio, pero llegan.

La escritora y editora guatemalteca Carmen Lucía Alvarado comenta que “a partir de la publicación de Cariátides, Isabel escribió libros deslumbrantes como Iconografía del tiempo, Poemas de arena, Tratado de los ritmos, Poemas grises, Canto de amor a la Ciudad de Guatemala, Los muros perdidos, entre muchos otros.” Ella comenta “que todos están hilvanados por una poeta verdadera, que no escribe si sabe que su verso no será fuego, que no escribe si sabe que su verso no anulará el tiempo, que no escribe si sabe que su verso no tiene la capacidad de nombrar lo que el aire toca del mundo.”

Para muchos teóricos literarios, más que una feminista, Isabel de los Ángeles Ruano es una existencialista. Está más cerca de Sartre que de Simone de Beauvoir. La frustración de Isabel de los Ángeles Ruano “no deriva de ser mujer, sino de experimentarse ser humano y algunas veces insiste en que ello –el dolor, la tragedia vital, la desgarradora dolencia espiritual- más que todo se desprende de la sensibilidad extrema del poeta ante el mundo.

En el poema Dolor, Isabel recita:

Y quedamos desnudos los humanos,

los que llevamos dolor en el costado,

en los sentidos, las manos y la nuca,

porque es nuestro dolor, dolor herido

que llora en nuestro ser y nos penetra.

La obra de la poeta Isabel de los Ángeles Ruano destaca por ser independiente y profundamente personal, siendo difícil determinar si formó parte de un movimiento literario formal y organizado. Sin llegar a formar parte plenamente, la poeta era afín a los integrantes del grupo literario “Nuevo Signo”, en torno a los años sesenta del siglo veinte, en una época en la que escribir y publicar era un oficio peligroso. Un grupo de literatos compuesto por jóvenes que, a través de la educación recibida en escuelas públicas, emergieron dentro de la clase media urbana, y que se asombraron del avance de los medios de comunicación de masas. Algunas de sus poesías exhibieron una actitud de rechazo a las arrogancias de la modernidad, no tanto por una actitud conservadora, sino porque esa modernidad llegaba solo a muy pocos privilegiados, mientras la mayoría de la población, sobre todo la población maya, vivía sumergida en la miseria.

De otro lado, algunas fuentes la vinculan al Grupo Literario RIN-78. En 1978 varios estudiantes de la carrera de Letras y Filosofía de la Universidad Rafael Landívar decidieron constituirse en un grupo editorial con el objeto de publicar sus propios libros. Durante más de diez años este grupo literario estuvo integrado, publicando libros, no sólo de ellos sino de otros escritores guatemaltecos. Y es en esta coyuntura que este grupo editó y publicó en 1988 su obra Torres y tatuajes: una antología que reunió once poemarios suyos que hasta ese momento permanecían inéditos.

Sin embargo, Isabel de los Ángeles Ruano es una voz solitaria. Ella desarrolló su carrera poética e intelectual de manera mayormente independiente. En el poema Caricatura de la verdad, la poeta recita:

Hui de falacias acreditadas,

me despojé de su facilidad y sus cristales,

y de pronto, en la gruta de Platón, vi mi silueta

terriblemente deformada.

El escritor guatemalteco Francisco Morales Santos, uno de los poetas más reconocidos de Guatemala, y miembro fundador del grupo Nuevo Signo cuenta que “su amistad con Isabel viene desde los ahora lejanos días en que veían la poesía como la aliada y a la vez esquiva de sus vidas. Bebieron de las mismas fuentes: la generación española de la Guerra Civil; y coincidieron en sus gustos por la poesía de Federico García Lorca, Luis Cernuda y León Felipe.”

Y, además, ella tenía una preferencia adicional: Ángela Figuera Aymerich. En el poema Ángela Figuera Aimerich, la poeta declama:

Es tremendo vivir por estos años

de competencia gris, desorbitada,

cuando, Ángela, entre tanto,

cantamos con ritmo y con banderas

los aleluyas de un feliz mañana.

Ángela Figuera Aimerich fue una escritora española, representante de la denominada poesía desarraigada de la primera generación de posguerra española, adscrita por la crítica a la llamada poesía social y prácticamente en todos sus libros presenta poemas que aluden directamente al universo maternofilial y a la condición femenina, examinada desde el ángulo tanto personal como sexual o experiencial, cuestionando siempre el modelo de mujer impuesto en su época. Se inició en la poesía dentro de una línea que puede considerarse heredera de Antonio Machado por su apego a lo cotidiano y paisajístico.

Algo que también encontramos en el quehacer poético de Isabel de los Ángeles Ruano. En su poema A la muy noble Guatemala de la Asunción, la escritora recita:

Sólo una ciudad tengo y quiero que sea tuya

en el nadir, el cenit o en el altar del silencio

íntimo tuyo;

a donde tú vayas

quiero que lleves

tu cuidad.

Alejándose de tópicos e idealizaciones, la preocupación por el mundo femenino constituyó una de las marcas temáticas de la obra de esta poeta española. Temática que Isabel de los Ángeles también plasmó en sus composiciones. Ejemplo de ello es el título del poemario, Cariátides, que nos evoca a la mitología griega. Esas columnas esculpidas con forma de figura femenina que sostienen el peso de una techumbre en lugar de una columna tradicional. Un detalle arquitectónico que simboliza a las mujeres de la ciudad antigua de Caria, que fueron esclavizadas y obligadas a cargar eternamente el peso de la ciudad sobre sus hombros, tras la derrota de la ciudad en las guerras intestinas de aquella época, según la leyenda del arquitecto romano Vitruvio.

En el poema Ánforas de cristal, la poeta escribe:

Mujer: tus conos palidecieron

para ser sólo

dos puntiagudas ánforas de cristal.

Yo los sorbí

como una sanguijuela prendiéndose a la vida.

Los intensos poemas de Cariátides están abrazados por la bella edición realizada por Catafixia Editorial. El arte conceptual de la portada de Cariátides estuvo a cargo de los diseñadores guatemaltecos Karen Lucía Lara y Mario Valdéz. El diseño utiliza los motivos de las jícaras. Los patrones y colores usados contrastan sobre un fondo oscuro que, además de jícaras, hacen referencia también a textos sagrados. Con la intención de mostrar los libros como escrituras sagradas, el diseño de la portada hace alusión a los códices ancestrales mayas. La belleza gráfica de la edición es el maridaje perfecto para la profundidad inquietante de los versos de Isabel de los Ángeles Ruano.

Clava en mí tu mirada

y verás cómo rehúyo

el tizón de tus ojos;

los míos tienen miedo

que leas

lo que te dicen ellos.

expresa la poeta en su composición A la muy noble Guatemala de la Asunción.

A fines de la década de 1980, la salud mental de Isabel de los Ángeles Ruano se vio quebrantada. El narrador guatemalteco Fredy López González cuenta que ella sufre una enfermedad que la ubica en un mundo obscuro que no tiene pasado, presente ni futuro, pero lamentablemente no está muy lejos de nosotros… todos los que creemos estar sanos mentalmente también poseemos una especie de demencia colectiva al olvido… a la inconsciencia.

Ruano, en su poema El que sea poeta, declama:

Comulgará sus proletarios sueños

con sus zapatos rotos

y repartirá alegrías cada día;

llevará palabras en las manos

para desayunar con ellas

y cargará una cruz de mil pesares.

Ilka Oliva Corado, pintora, escritora y poeta guatemalteca comenta que “Isabel es demasiado para una sociedad mediocre como la guatemalteca que jamás la ha merecido. […] Todos buscan darle una explicación sensata a su renuncia a la academia y la única que encuentran viable es tacharla de loca. Solo así se puede comprender desde la ‘lucidez’ que una mujer decida darle una patada en el trasero al mundo irrespirable de los títulos, las alfombras y los codeos y vaya en busca de la libertad”.

Sin minimizar los posibles quebrantos de salud mental que puedan afectar a la poeta Isabel de los Ángeles Ruano, ella definitivamente representa la esencia de la poeta maldita: una escritora transgresora, rebelde y visionaria cuya tragedia personal la ha sumergido, tal vez, en un elegido profundo aislamiento, y a la incomprensión de la sociedad guatemalteca. Una sociedad injusta que niega, que negamos, el reconocimiento que merece esta poeta, a pesar de haber ganado el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias en 2001 y de ser considerada una de las voces poéticas más potentes del siglo XX en la región centroamericana.

Isabel de los Ángeles Ruano escribió Cariátides y Catafixia Editorial la publicó en 2020.

Isabel de los Ángeles Ruano nació en 1945. Desde muy temprana edad se dedicó por completo a su vocación literaria. A la edad de 9 años, se mudó a México alrededor de 1954. Estuvo ahí por al menos 3 años, posteriormente, regresó a Guatemala y vivió en dos departamentos del oriente del país: Jutiapa y Chiquimula. Durante su estadía en Chiquimula, estudió en el Instituto Normal de Señoritas de Oriente. De dicho centro educativo se graduó en 1965 y obtuvo el título de maestra de educación primaria. Ese mismo año inició su carrera periodística en el Diario de Centro América y en El Imparcial. Al año siguiente, ya con 21 años, se trasladó nuevamente a la Ciudad de México. De su producción literaria mencionaremos los títulos: Cariátides, Canto de amor a la ciudad de Guatemala, Los del viento, Torres y tatuajes, Café Express, Versos dorados, Poemas grises y Perro ciego.

De los galardones recibidos mencionaremos Primer premio en el Concurso Internacional de Ensayo organizado por el Instituto Nacional de Centro América en 1962, el Premio Internacional de Poesía en Argentina en 1979 y el Premio Nacional Miguel Ángel Asturias, otorgado por el Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala en 2001.


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Fuentes consultadas

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